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CON ALBERTO WAGNER DE REYNA / Rómulo Acurio
Alberto Wagner de Reyna nos recibe en su departamento parisino y al entrar vemos varios libros y cuadernos abiertos sobre la escrivanía. A sus 90 años, don Alberto es un aplicado estudiante de griego. De plano nos sorprende con una pregunta risueña sobre algún reciente acontecimiento limeño y nos exhibe así su atentísima inteligencia, todavía y siempre curiosa de todo lo peruano. Porque el rasgo siempre insólito de este afable bisabuelo -una de las figuras mayores de la historia intelectual peruana- es su desenfada concreción y su atracción por lo inmediato y presente. Y no es que recordar le resulte arduo o indiferente. Si se le requiere, puede contar los detalles más pintorescos de la Lima de Leguía, de su amistad con Romano Guardini, del Río de Janeiro de los años cincuenta o de sus audiencias con Juan Pablo II.
Su concreta modestia puede llamar la atención por provenir de alguien que los manuales han inscrito hace tiempo como uno de los nombres marcantes de la filosofía y la teología latinoamericanas, alguien de quien se podría esperar, tal vez, una conversación más grave y distanciada. Recordemos que en 1939, con la publicación en Buenos Aires de La ontología fundamental de Heidegger, Alberto Wagner se convirtió, a los 24 años, en el primer comentarista del filósofo alemán en lengua española. En libros sucesivos prolongó su reflexión filosófica hacia otros tópicos como el concepto aristotélico de verdad, las nociones de analogía y evocación, el vínculo entre pobreza y cultura y el fenómeno de la globalización. Paralelamente, en contraste respetuoso y fructífero con la teología de la liberación, el pensamiento cristiano de Wagner de Reyna ha buscado definir, por medio de un enfoque fenomenológico, los contornos reconocibles de la fe ante la razón, el mito y la ciencia.
Caso notable, en Wagner ha coincidido la disposición especulativa más exigente con la más ávida vocación de inventariado, como se aprecia en sus escritos de historia de la diplomacia, de las fronteras o
del mar del Perú, textos que son hasta hoy de consulta obligada para los estudiantes de esas materias. Gran viajero y cosmopolita, Wagner de Reyna ha arrastrado por el mundo su obsesión por el Perú. Como otros
-sin duda más inspirado que otros-, ha hecho del exilio un camino para fundar su arraigo, una vía para pensar de nuevo el vínculo con su país. Y lo ha hecho con una libertad total, una libertad irritante para algunos.
Mirando el Perú, Alberto Wagner se ha asumido siempre, desenfadadamente, como un conservador, inscrito en la tradición de Riva Agüero y de V.A. Belaúnde. Cuán incomprendida ha sido su independencia intelectual y cuán fácilmente denostada su resistencia ante los sucesivos cánones de corrección política del indigenismo, el socialismo o el velasquismo. Wagner de Reyna no se ha apartado de su visión del Perú como una nación esencialmente occidental.
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