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CONSAGRACIÓN DE LA PALABRA: EUCARISTÍA, DE RÓGER SANTIVÁÑEZ / Peter Elmore
Róger Santiváñez. Eucaristía.
Tsé=Tsé: Buenos Aires, 2004.
En la estación actual de una obra que comenzó hace ya un cuarto de siglo, Roger Santiváñez celebra con talento el don de la palabra poética e invoca con gracia el cuerpo del deseo: en su ímpetu místico y erótico el poeta no quiere ser iconoclasta ni provocador, así como en su diálogo con la tradición -una tradición que abarca desde el renacimiento hispánico hasta la vanguardia peruana, sin excluir el modernismo anglosajón- no lo anima el propósito parricida. Sacramento del verbo, el decir de la poesía es aquí un modo de comunión: el signo de Eucaristía no es el de la ruptura, sino el de la apertura y el encuentro.
"Salutación íntima./Soy surtidor purísimo/ brota a borbotones/ el agua de mi doncel/ ¿Quién es él?"(15), declara de modo diáfano y enigmático la voz lírica, que logra su acento más intenso cuando se ocupa del amor, en "Cántico". La respuesta a la adivinanza se halla en la segunda y última estrofa de la primera estancia: "Es príapo mortal/ en mi salina canción./ Hacia él voy con mis/ olas frescas de luz/ hacia él para nada/ por su amor de mujer"(15). El texto desanda los pasos de la poesía a lo divino del Siglo de Oro, pero al hacerlo no borra sus huellas ni se limita a restituirle su origen profano y sensual. Además, el mismo título y una de las lecturas posibles del texto remiten también al ejercicio autoreflexivo y metapoético de Jorge Guillén: "En ti está el ritmo/bajo la cantidad azul/ dándole amor a los cuerpos soñados"(18) dice la primera estrofa de la cuarta estancia. El breve poema en cinco partes de Santiváñez no es ni pastiche ni parodia del verso sacro de San Juan de la Cruz, como no lo es tampoco de la escritura de Guillén; por el contrario, acoge hospitalariamente a ambos y les rinde homenaje, con ingenio y sin solemnidad. Por lo demás, en "Cántico" la experiencia mística, la praxis poética y la cópula con la persona amada discurren, sin excluirse, por el cauce del sentido: fe, poesía y eros se congregan -proteicamente distintos, pluralmente únicos- en la palabra que nombra el deseo.
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