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COMO BODAS DE CANAÁN / Elena Portocarrero
Iluminado les dijo:
-Comeremos y comeremos hasta saciar el hambre que nos mata.
En la barriada asentada en un pequeño cerro a las afueras de la ciudad nadie le creyó.
Se repartieron los escasos víveres donados por alguna organización caritativa y las hinchadas barrigas que indicaban una falsa bonanza no fueron satisfechas.
-Comeremos cosas exquisitas nunca antes probadas por nosotros y el vino, los refrescos, y el agua sin medida, calmarán el ardor de la arena que tragamos a diario.
El hambre hace hablar de más al pobre evangelista.
Lo único cierto era tener que bajar a la ciudad apenas amaneciera, cual disciplinada columna de hormigas, para dispersarse tratando de encontrar algún efímero trabajo, una limosna, un desperdicio aprovechable o cualquier cosa que en un descuido de su dueño pudieran tomar de préstamo a la vida.
-Nos sentaremos a la mesa preparada especialmente para nosotros.
¿Quién les iba a dar trabajo? Sucios, harapientos, en cuanto ensayaban una sonrisa les salía una mueca que daba miedo. Si no hay trabajo ni para los aseados ni para los con estudios.
-El mantel será de un blanco resplandeciente igual a la primera luz de la aurora.
En la ciudad tocaban puertas pidiendo sobras de comida, zapatos o ropa usada, pero ya ni eso había en las casas.
-Primero vendrán los panes para serenar un poco nuestro atroz apetito, después paladearemos lo que nos ofrezcan.
Sobre el cementerio ilegal del cerro, porque morirse cuesta dinero y ahí sólo abrir una fosa, el viento agitó las pocas briznas existentes.
-Nos servirán pescados, carnes y aves en platos inacabables.
Los feligreses gemían por el hambre que despertaba el orador.
-Los mayores tendremos un delicioso vino que, a pesar de que no se agota, nos mediremos en tomarlo para no dar una mala impresión a quien nos invita.
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