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RED DE SEÑALIZACIÓN: LA ENCRUCIJADA POLÍTICA DEL ESCRITOR HOMOSEXUAL / Enrique Bruce
Hay una experiencia común a la de todo pasajero que arriba a un aeropuerto, a cualquier aeropuerto: y es la de seguir innumerables letreros que le avisan adónde tiene que ir, que le recuerdan quién es (si es extranjero o es nacional), que le advierten sobre la moneda a la que va a tener que adaptarse, al menos por un tiempo, o que sencillamente le dicen, en el mejor de los casos, que hay la alternativa de un subterráneo o un bus a la del taxi impagable. Basta llegar a algunos aeropuertos norteamericanos, para darse cuenta de que la cultura de la señalización va allende a las fronteras aero-portuarias. Los letreros salpican cada tramo de la red de las autopistas estadounidenses, cosa que las han hecho merecedoras de estar entre las mejor señalizadas del mundo. De este modo, el paso entre el aeropuerto a tu hotel se da de modo muy cómodo. Casi sin darte cuenta, ya has llegado adonde te proponías llegar.
Esto siempre me ha despertado en lo particular sentimientos contrarios. Por un lado, el más obvio y creo que general, es el del alivio. No hay mejor cosa para un extranjero que el de sencillamente no perderse en tierra extraña. Pero al mismo tiempo, hay en mí un sentimiento vago de haber sido secuestrado. Efectivamente, quería llegar a tal hotel o tal dirección, pero no tenían que ponérmelo tan fácil. Era YO el que quería llegar a este sitio, no quería que, bueno, me conduzcan a él, como si fuera un niño pequeño o un tarado. Yo crecí y viví la mayor parte de mi vida en Lima, una de las ciudades que muy probablemente esté entre las peores señalizadas. Como todos los limeños, siempre odié esta ineficiencia, una más entre las fallas logísticas y administrativas del país. Pero la experiencia señalizadora norteamericana me hizo percatar de otra cosa: que en Lima, o en muchos lugares del Perú, uno sentía un orgullo (un tanto perverso, admito) de no sólo haber llegado al lugar de destino, sino de haberlo conquistado. En efecto, uno de los placeres del limeño que se desplaza en carro, es el de revelarles a los amigos que uno ha descubierto una nueva ruta para llegar a tal o cual sitio. En cada limeño hay así un David Livingston o un Vasco da Gama, alguien que no sólo llegó adonde quería llegar, sino que descubrió cómo hacerlo.
Una de las cosas más saltantes de Nueva York, ciudad en donde ahora radico, es la de ostentar un único decreto pertinaz: "prohibido perderse". El entramado neoyorquino casi no tiene nombres. Todos son números que van de forma longitudinal entre la avenida primera, al este, hasta la doce, al oeste, en la margen del río Hudson. Una de las avenidas más famosas del mundo es una cifra: la quinta. Las calles transversales no se cansan de su letanía guarismal desde la calle uno, paralela a Houston, hasta la calle doscientos y pico en la parte norte de Manhattan. Perderse en Manhattan es una excentricidad. Decir, "me perdí" es casi una manera torpe de llamar la atención. Mi aventura académica norteamericana se inició en esa ciudad, en una residencia estudiantil en la calle 44, entre la sexta y la séptima avenida, octavo piso. A los pocos días había ubicado perfectamente en el tablero de la isla de Manhattan, mi bodega, la biblioteca, mi supermercado, y mi café y pizzería favoritos.
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