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© HEREDEROS DE EMILIO ADOLFO WESTPHALEN / Inés Westphalen
¡Qué suerte! pensarán algunos… ¡Qué honor! dirán otros, pero realmente llevar esta insignia, que normalmente se nos otorga sin mayor esfuerzo, no siempre es tan sencillo y evidente.
Sería aun más difícil de no contar con el arte de escribir de mi padre que me permite ahora reencontrarme con su sensibilidad, formas de pensar y enfrentar el mundo sin depender tan solo del simple recuerdo. Casi podría afirmar que ese famoso "silencio" que a tantos sorprendió, era un artificio más de su naturaleza para concentrarse en la materialización de su pensamiento en el lenguaje que le era más connatural: la escritura, ya sea en prosa o, más excepcionalmente, en la poesía.
A cinco años de su muerte he podido constatar que el interés por sus escritos no ha decaído, no solo por los eventuales comentarios de sus seguidores, lectores de siempre o nuevos adeptos, sino por las publicaciones que se lograron: la interesante labor de la Universidad San Martín de Porres con la reimpresión de la colección completa de Las Moradas que dirigió Ismael Pinto Vargas, la reedición tanto de Las ínsulas extrañas como del facsímil de Abolición de la Muerte en la cuidadosa presentación de Riotigre, la antología con la poesía completa y una selección de ensayos editada por la Pontifica Universidad Católica del Perú, la presencia de sus textos en un número de la revista mexicana Alforja y la edición bilingüe de Cual es la risa, editada en Paris por Myriam Solal.
Estos sucesos parecen darle la razón:
"A pesar de la incredulidad de algunos -o de muchos- creo que no será paradójico sostener que la difusión de la poesía escoge de preferencia esas vías soterradas -que cuanto más encubierta y
clandestina sea la transmisión más probabilidades hay que sea eficaz y duradera."
Aun cuando a él mismo parecía por momentos ganarle el desaliento: "Tuve la ingenuidad de poner a la venta unos ejemplares de Abolición de la Muerte en la librería de los hermanos Rosay. Después de varios meses me liquidaron un solo ejemplar adquirido por mi amigo José A. Hernández", por caminos recónditos esos textos fueron siguiendo su destino e incluso lograron cruzar océanos.
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