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PABLO QUINTANILLA / La movida filosófica en Latinoamérica y el Perú
Hace solo cincuenta años hubiera sido impensable que un latinoamericano viajara a los Estados Unidos para estudiar filosofía, pues la actividad filosófica en ese país era muy limitada. Lo que había era interpretaciones de la filosofía europea de entonces, la influencia seminal de los inmigrantes europeos que viajaron huyendo de la Segunda Guerra Mundial, y alguna importante aunque no muy difundida influencia del movimiento pragmatista que surgió en Massachussets a fines del siglo XIX. Hoy Estados Unidos es uno de los centros de mayor fecundidad filosófica en todo el mundo. ¿Qué pasó? ¿Cómo se produjo eso?
Hace diez años hubiera sido considerado un error hacer un doctorado en filosofía en México, Bogotá, Buenos Aires o Lima, de estar uno en condiciones de irse a un país del primer mundo. Aunque eso sigue siendo básicamente cierto, lo es cada vez menos. ¿Por qué? ¿Qué está ocurriendo en estos países?
Ambos casos tienen historias y resultados muy distintos, pero hay aspectos de ellos que se entrelazan. En sus inicios como nación, Estados Unidos no se caracterizó por tener una actividad intelectual particularmente intensa, a diferencia de lo que por la misma época ocurría en los virreinatos de Nueva España, Perú y Río de la Plata; pero a mediados del siglo XX varios fenómenos coincidieron para que a fines del mismo siglo los departamentos de filosofía de las universidades estadounidenses estuvieran entre los mejores del mundo.
En primer lugar, las migraciones de académicos europeos, durante y después de la Segunda Gran Guerra, fortalecieron los estudios exegéticos, históricos y filológicos, así como las investigaciones en teoría política, y los trabajos técnicos en lógica y epistemología. El alemán Werner Jaeger fue, en Harvard, el asesor de la tesis doctoral de Donald Davidson sobre el diálogo platónico Filebo; el austriaco Rudolf Carnap fue el maestro de Quine en filosofía de la lógica y del lenguaje; y los académicos que huyeron de Europa en la era nazi fundaron en Nueva York la New School for Social Research; para solo mencionar unos pocos casos de una larga lista de notables intelectuales. Es posible decir que si bien la guerra interrumpió la actividad filosófica europea, esta se trasladó a los Estados Unidos. De hecho, la vida filosófica en Alemania, Austria y los países de Europa central todavía no se ha recuperado de la diáspora que significó el ascenso del nazismo al poder.
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