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Mario Montalbetti / Labilidad de objeto, labilidad de fin y pulsión de langue. En defensa del poema como aberración significante
En dos libros recientes han aparecido argumentos en favor de algo que podría llamarse la eticidad de la novela. Uno es El soñado bien, el mal presente de Miguel Giusti y el otro Sueños Reales de Alonso Cueto. En ambos libros se argumenta en favor de la tesis de que la novela, como género, es el recipiente del sedimento ético de una época. Giusti (elaborando una lectura de Kundera) ve en esto un gesto moderno pero anti-cartesiano, Cueto un vínculo con los sueños de los seres humanos como ambiciones positivas de la especie. Quiero decir que estoy de acuerdo con ellos. Creo que los géneros prevalecientes en una sociedad indican algo sobre la forma en la que dicha sociedad piensa sus relaciones con la realidad y consigo misma. Los griegos favorecieron en algún momento la tragedia, los chinos de la dinastía Tang las octavas (enteras o partidas), los occidentales modernos la novela. Uno podría ser incluso más específico y sugerir–como creo que lo ha hecho Zizek–que la forma predilecta que tienen los americanos de pensarse no es sólo la novela sino la novela policial de serie negra, en la que el detective termina involucrado con la chica en un giro anti-holmesiano. Y si uno pudiera reunir todas las novelas de una época, de nuestra época por ejemplo, alguna radiografía más o menos certera deberá asomar que apunte, no a los temas que aislamos (nuestra banalidad, estupidez, violencia; o nuestras esporádicas capacidades rescatables) que en buena cuenta son los mismos a través de diferentes épocas y culturas, sino que apunte más bien a la forma que tenemos para relacionarnos con dichos temas. Ese concolón formal que encontramos escarbando los fondos sedimentosos de nuestras novelas va de la mano entonces con cierta noción de eticidad.
Sin duda, cabe agregar la perogrullada de que la idea de que novela y ética van de la mano también se deduce de la suposición de que, por lo general, en una novela pasan cosas, hay historias que se cuentan, los personajes suelen tener algún tipo de espesor psicológico y se ven involucrados en situaciones que demandan ponderar opciones, etc. Es en este sentido que las novelas terminan siendo objetos serios, objetos que (muchas veces, a pesar de ellas mismas) dicen cosas importantes sobre nosotros mismos y nuestra relación con el mundo.
Una idea un tanto más perversa es que, siendo la novela un objeto serio, también lo son por extensión los novelistas.
Todo esto lo digo por contraste con la poesía y los poetas. La percepción común es que la poesía no es algo serio; en todo caso, no lo es en el sentido en el que la novela es seria. Y los poetas son esencialmente loquitos inconfiables que pueden producir arrebatos líricos, sentimientos conmovedores, metáforas ingeniosas, o letras de valses, pero son en buena cuenta accesorios de la cultura, adornos opcionales como la salsa criolla sobre un arroz con pato.
Ni Giusti ni Cueto dicen esto, por supuesto, pero es algo para lo que tenemos amplia evidencia.
Fue a un novelista a quien se le encargó presidir una comisión para investigar los sucesos de Uchuraccay. ¿Se imaginan ustedes que nombren a Cisneros o a Hinostroza presidente de una comisión investigadora de las ejecuciones extra-judiciales en Putis? Son novelistas los convocados a opinar sobre los sucesos importantes de la nación: el diario oficial El Comercio corre hacia Vargas Llosa, Bryce, Roncagliolo, Iwasaki, o el propio Cueto, para recabar opinión; nunca hacia Belli, Marco Martos, Pimentel o Chanove. Son novelistas los que tienen columnas regulares en los diarios.
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