Siete Paisajes Somatizados
Mario Montalbetti
1 Quives
Los vientos que no decepcionan, los que soplan solos, y llegan tarde;
los que aparecen temprano, morados de frío, y los del retorno,
envueltos en grasa y enardecidos.
Pensamos que podían ser distintos: transparentes, con olor a tierra
húmeda o a residuo maloliente de agua en un florero.
No eran transparentes. Cristo es transparente. No eran ninguna forma
de la transparencia.
Y no olían a nada que hubiéramos olido antes. Eso ocurre
con frecuencia cuando se embalsama un cadáver
que aún anda fresco, dicen.
Nos hicimos lentos a un lado y evitamos el vómito de un perro y sus
habas.
Así viajan los tesoros de la lengua, ocultos en pocas palabras
y atrapados en sermones animales.
Dentro del templo, un niño de rasgos angelicales cagaba en mármol
sobre la pila bautismal.
El niño era ajeno al viento, indiferente al cólera, indiferente al sismo;
indispuesto.
2 Lerra Dura
Y si alguien se asoma y dice He venido por ti, improvisa...
Eso también se ha vuelto común: quedarse dormido frente al televisor,
despertarse gritando alguna leve obscenidad y escuchar la voz
del lánguido detective que dice Fíjate más allá de las pistas...
(Pero más allá de las pistas sólo hay una playa y un muro y un ruido.)
Las frases se detienen solas, esperan una ocasión mejor y regresan
disfrazadas de animales enfermos durante noches calurosas.
A veces caminamos algo que no es un camino y que no se mueve.
Otras veces remamos sobre mares mal iluminados y a la
deriva tomamos
decisiones imprudentes.
Hablar. Hablar hasta entrar en posesión de uno mismo.
Y luego el tedio.
El tedio de explicar-todo, nuevamente, otra vez; y entonces si has venido
por mi, tal como yo, no habrás encontrado nada.